Mostrando entradas con la etiqueta cuentos y relatos de navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos y relatos de navidad. Mostrar todas las entradas
Mantel del amor
Un sacerdote recién asignado a una iglesia en los suburbios de Brooklyn, New York, llegó a comienzos de octubre entusiasmado. Pero al entrar al templo encontró una capilla en franco deterioro, por lo que se propuso tener todo listo para la misa de Navidad. Y así fue, pues el 18 de diciembre ya tenía todo listo.
El 19 de diciembre pasó una terrible tempestad y quedó un enorme hueco detrás del púlpito.
Muy triste el sacerdote cerró la iglesia y se encontró con un buhonero y le llamó la atención un mantel hermoso, que curiosamente cubría el enorme hoyo detrás del altar.
De regreso a la casa cural se encontró con una mujer que había perdido el bus y la invitó a la iglesia a esperar el otro transporte, que pasaría 45 minutos después. Al colocar el mantel, la mujer notó que era el mantel que ella había bordado en Austria antes de ser exiliada, y fue esa la última vez que vio a su esposo. El cura se condolió de la mujer y la llevó hasta su casa en su auto.
El día de la Navidad se hizo la misa, pero solo quedó un señor que le explicó al padre que ese mantel lo había bordado su esposa, de la cual no había sabido más desde hace década. El padre se percató de que tenía en sus manos un reencuentro navideño, todo gracias a un mantel que encontró, luego de una tormenta.
Susto en Navidad
Mientras todos los niños ayudaban en sus casas en los preparativos para la Nochebuena, Pedro, de 7 años de edad, trabajaba en la joyería de Don Juan para ayudar con el sostenimiento de su casa. Don Juan era un joyero de mucho dinero, pero al mismo tiempo, un hombre sin familia, a quien solamente le importaba el dinero y miraba a Pedro como un simple trabajador, mas no como un niño.
El día de Navidad, Pedro quería retirarse temprano del trabajo para comprar algunas cosas para la cena y ayudar a su mamá.
Pedro quería irse a casa temprano, mas al joyero le importó más el negocio.
Pese a tantas réplicas, Don Juan no escuchó el clamor de Pedrito.
Más tarde, el joyero pegó un grito y alegó que había visto un fantasma.
El miedo era tal que don Juan le prometió a su pequeño empleado que le pagaría el doble si lo acompañaba esa noche.
Mas Pedro, astutamente, lo invitó a su casa a compartir la Navidad sin pago alguno.
Don Juan aceptó y cuando llegaron a la casa de Pedro, se quedó muy impresionado porque en esa humilde casa, había mucha alegría y generosidad.
Aquel viejecillo sonrió como nunca lo había hecho, se dio cuenta de que nunca había tenido una Navidad y ahora la compartía con una familia muy sencilla y amable. Sus mejillas se sonrojaron y corrieron lágrimas de la felicidad que sentía. De esta manera, aprendió a ser más justo y a desprenderse de sus bienes en favor de los más necesitados.
Navidad
Nada se paga tan caro
como decir lo que se piensa.
Alfred Bougeard.
Francisco Moreno Mejías
PA-DIGITAL
Ya hacía diez años que el chiricano Francisco Barría Serrano había salido de su Dolega natal y prosperaba en la pujante población de Changuinola. Tenía una mecedora instalada sobre una tarima a un extremo del enorme mostrador de su tienda de vender “de todo” y, siempre que no tuviera mejor cosa que hacer, se sentaba allí para fumarse un cigarrillo mientras veía cómo trataban sus hijas a la clientela y, sobre todo, cómo la clientela trataba a sus hijas, que eran dos bombones con muchos candidatos a hincarles el diente. Chico Barría era muy celoso y no permitía que ninguno se pasara de liso.
Las chiricanitas aceptaban de buena gana trabajar en la tienda porque así satisfacían su innata coquetería y su padre soportaba que se exhibieran tras el mostrador porque la desconfianza de que un dependiente ajeno a la familia le robara era aún más fuerte que sus celos.
Llegó la Navidad y Chico Barría decidió desmentir su fama de tacaño invitando a la cena familiar a sus empleados y a algunas autoridades y clientes importantes. Cerró la tienda temprano y mandó a “su gente” a descansar, diciéndoles que los esperaba por la noche en el jardín de la magnífica casa que mandó construir un par de años atrás.
El primero que apareció fue Tobobe, un indio guaimí (entonces todavía no se decía eso de ngöbe-buglé) alto y fuerte, que vivía allí mismo porque de noche vigilaba las propiedades de su jefe y de día ejercía labores domésticas. Después llegaron el párroco don Tomás, el corregidor, el árabe que acababa de comprar el hotel, el chofer y el ayudante que hacían los repartos y hasta quince o veinte personas más. Una refrescante brisa esparcía por el jardín, junto con las alegres notas de unos villancicos, el apetitoso aroma de la cena que preparaban dentro de la casa. El aperitivo consistía en diversas bebidas alcohólicas de las mejores marcas, servidas a los invitados por un atento camarero.Las hijas de Chico Barría, que habían estado ayudando en la cocina, salieron a saludar a los invitados. La breve indumentaria doméstica acentuaba el esplendor de sus cuerpos, y el calor de los fogones ponía en sus lindos rostros un rubor de manzanas maduras. Las conversas cesaron al aparecer tanta belleza. Después que ambas hermanas distribuyeron saludos y sonrisas, la mayor dijo: «Ahora vamos a arreglarnos para que la Navidad nos coja bañaditas y fresquitas». Tobobe, que hasta entonces no había abierto la boca más que para trasegar alcohol en diversas variedades, dijo con la solemnidad propia de su raza: «Navidad soy yo». Aquella ocurrencia hizo soltar la carcajada a todos los presentes, menos al dueño de la casa, que llamó al que servía los tragos y le dijo señalando a Tobobe: «No le des más guaro a ese cholo».
Tobobe, viendo que la montaña no venía a él, decidió ir él a la montaña. Se acercó al mostrador de las bebidas y llenó un vaso de doce onzas con el contenido de la primera botella que encontró. Chico Barría, que no le quitaba ojo de encima, agarró a Tobobe por un brazo y señaló hacia el extremo del jardín donde estaba su cuarto, como el amo manda a su rincón al perro mal portado. El fámulo obedeció con paso inseguro, pero sin soltar el vaso, que se iba derramando por los traspiés que daba. Al sacar de un bolsillo el pañuelo para secarse la mano mojada, se le cayó la cédula.
Uno de los invitados la recogió del suelo y, tratando de averiguar quién era su dueño, leyó:
«Nombre: Navidad de Jesús Machuca Montezuma.
Lugar de nacimiento: Tobobe, Bocas del Toro».
Panamá América
Suplemento Día D2 de enero de 2011
Mi primera Navidad
Me llamo Felipe y soy un niño muy pobre, pero no fue mi culpa nacer en un hogar con tanta necesidad. Cuando salía a recorrer las calles en diciembre, buscando dinero para mi familia, recuerdo que todos andaban muy afanados comprando cosas. Me paré a observar a un hombre que compraba una bicicleta y estaba emocionado, pensé cómo desearía que esa bicicleta fuera mía. El hombre pasó cerca de mí con el regalo y casi tropieza conmigo. ¡Cuidado!, me dijo, yo no podía quitar los ojos de tan linda bicicleta y le pregunté: ¿es para su hijo? Él me contestó: sí, es el regalo de Navidad que he comprado para él.
- Pero señor, ¿qué es la Navidad?, le pregunté.
Es el día en que celebramos el Nacimiento del Niño Dios y Él le trae regalos a los niños. - Oh, ya entendí, ¿pero eso es solo para los niños ricos, ¿verdad señor? -me miró llorando y me dijo. En realidad, hijo, es para niños como tú, ¡Feliz Navidad! Con asombro exclamé: ¿para mí, señor?
-Sí, me contestó, el Niño Dios te envía este regalo.
Esa fue mi primera Navidad. Hoy en día soy un hombre viejo y celebro la Navidad entre los menos afortunados del mundo, enseñándoles que la Navidad no es exclusivamente de los ricos, sino de todos. Es el día de mostrar el amor de Dios con los menos afortunados, porque dar el regalo a ellos, es dar el regalo a Dios. El verdadero cumpleañero.
Los dos carritos
Alberto Cabredo O.
Abogado y escritor.
Como todos los años, espero con mi hermano que se haga la luz para correr a ver qué hay bajo el árbol. Luego de celebrar con familiares y vecinos la Natividad, mi padre, al vernos dormidos, llena el piso de la sala con juguetes para hacernos creer que Santa vino y nos dejó regalos. Pero esta Navidad es distinta. Pasó algo extraño.
Al correr a abrir los regalos, solo encontramos dos paquetes bajo el árbol, mi hermano menor, muy enojado, maldijo hasta la sombra de Santa y, mi madre me miró con aquellos ojos grandes como luna llena, que expresaban todo sin decir palabra y los fijó en mi padre, que sentado en un sillón se cubría con las manos el rostro. No fue necesario que dijera nada, un relámpago tremendo centelleó en mi mente, de pronto lo entendí todo, no era Santa, era mi padre, sí, mi padre el que todas las navidades ponía los regalos alrededor del pino.
Lo cierto es que exageraba siempre, era impresionante el mundo de juguetes que nos obsequiaba y fascinante verlo echarse al piso a romper sus envolturas, como si fuese la primera vez que los observaba, y además, cómo se esforzaba por armarnos los juguetes, y cómo reía y jugaba con nosotros como un niño más. Pero algo pasó aquella Navidad y en un instante, crecí un kilómetro entero, qué digo un kilómetro, fueron diez los que crecí.
Mientras mi hermano se negaba a abrir su regalo, mi madre frunció el ceño y apretó los dientes, en tanto contenía las ganas de darnos un sopapo. Yo, que ya lo entreveía todo, le hablé al oído a mi hermano. No sé ya lo que le dije, han pasado tantos años, lo que sí tengo en la memoria muy claro, clariiito, es que me miró sorprendido y corrió a abrazar a mi padre.
Le brincamos encima y lo llenamos de besos, mientras a él se le salían las lágrimas le armamos una algarabía tremenda, saltábamos y gritábamos a su alrededor pidiendo que abriera los regalos con nosotros, eran dos carros de bombero muy sencillos, de plástico, creo, pero hicimos un escándalo, rodábamos los dos carritos encima de él y lo abrazábamos, miró a mi madre y esbozó una sonrisa, una de esas sonrisas que dicen que entiende, nos beso laaaaargo a los dos, se echó al piso y jugamos como nunca. Todo el día brincamos en su derredor, no le dejamos explicar absolutamente nada, no podía, nuestro entusiasmo no lo dejaba. Llegada la noche y, vuelta la calma, mientras nos rascaba la cabeza nos dijo, no lo olvidaré nunca, que era el hombre más feliz del mundo.
Abogado y escritor.
Como todos los años, espero con mi hermano que se haga la luz para correr a ver qué hay bajo el árbol. Luego de celebrar con familiares y vecinos la Natividad, mi padre, al vernos dormidos, llena el piso de la sala con juguetes para hacernos creer que Santa vino y nos dejó regalos. Pero esta Navidad es distinta. Pasó algo extraño.
Al correr a abrir los regalos, solo encontramos dos paquetes bajo el árbol, mi hermano menor, muy enojado, maldijo hasta la sombra de Santa y, mi madre me miró con aquellos ojos grandes como luna llena, que expresaban todo sin decir palabra y los fijó en mi padre, que sentado en un sillón se cubría con las manos el rostro. No fue necesario que dijera nada, un relámpago tremendo centelleó en mi mente, de pronto lo entendí todo, no era Santa, era mi padre, sí, mi padre el que todas las navidades ponía los regalos alrededor del pino.
Lo cierto es que exageraba siempre, era impresionante el mundo de juguetes que nos obsequiaba y fascinante verlo echarse al piso a romper sus envolturas, como si fuese la primera vez que los observaba, y además, cómo se esforzaba por armarnos los juguetes, y cómo reía y jugaba con nosotros como un niño más. Pero algo pasó aquella Navidad y en un instante, crecí un kilómetro entero, qué digo un kilómetro, fueron diez los que crecí.
Mientras mi hermano se negaba a abrir su regalo, mi madre frunció el ceño y apretó los dientes, en tanto contenía las ganas de darnos un sopapo. Yo, que ya lo entreveía todo, le hablé al oído a mi hermano. No sé ya lo que le dije, han pasado tantos años, lo que sí tengo en la memoria muy claro, clariiito, es que me miró sorprendido y corrió a abrazar a mi padre.
Le brincamos encima y lo llenamos de besos, mientras a él se le salían las lágrimas le armamos una algarabía tremenda, saltábamos y gritábamos a su alrededor pidiendo que abriera los regalos con nosotros, eran dos carros de bombero muy sencillos, de plástico, creo, pero hicimos un escándalo, rodábamos los dos carritos encima de él y lo abrazábamos, miró a mi madre y esbozó una sonrisa, una de esas sonrisas que dicen que entiende, nos beso laaaaargo a los dos, se echó al piso y jugamos como nunca. Todo el día brincamos en su derredor, no le dejamos explicar absolutamente nada, no podía, nuestro entusiasmo no lo dejaba. Llegada la noche y, vuelta la calma, mientras nos rascaba la cabeza nos dijo, no lo olvidaré nunca, que era el hombre más feliz del mundo.
Panamá América
Suplemento Día D
26 de diciembre de 2010
Regalo especial
Existía un hombre, que a causa de una guerra, había perdido la vista. Para subsistir, este hombre desarrolló una gran habilidad y se destacó como artesano.
Cierta Navidad le quiso obsequiar a su hijo en calidoscopio, pues sólo le había regalado a su pequeño juguetes de madera. Y fue reuniendo pedazos de espejos, vidrios, metales, maderitas, etc.
Llegó la Nochebuena y el niño quedó maravillado con el obsequio.
Al regresar a la escuela, durante el recreo, el niño exhibió y compartió henchido de orgullo su juguete. Todos quedaron maravillados, pero uno de sus compañeritos, con ambiciosa intriga, le preguntó: ¿Dónde te lo compraron?
Todavía con orgullo el menor respondió: "No, no me lo compraron en ningún sitio... me lo hizo mi papá". Pero la cizaña seguía y en tono incrédulo le dijo: "¿Tú padre? Imposible... si tu padre está ciego". Nuestro pequeño amigo se quedó mirando a su compañero, y al cabo de una pausa de segundos, sonrió como solo un portador de verdades absolutas puede hacerlo, y le contestó: "Sí... mi papá está ciego... pero solamente de los ojos... "Solamente de los ojos".
El amor solo se puede ver con el corazón...
Lo esencial es invisible a los ojos.
La media vacía
Tomás es un chico de siete años que vive con su mamá, una pobre costurera, en su solo cuarto, en una pequeña ciudad de Escocia. La víspera de Navidad, en su cama, el chico espera, ansioso, la venida de Papá Noel. Según la costumbre de su país, se coloca una media de lana, esperando encontrarla, a la mañana siguiente, llena de regalos.
Pero su mamá sabe que no habrá regalos de Navidad para Tomás. Para evitar su desilusión, le explica que hay bienes visibles, que se compran con dinero, y bienes invisibles, que no se compran, ni se venden ni se ven, pero que lo hacen a uno muy feliz: como el cariño de la mamá, por ejemplo.
Al día siguiente, Tomás despierta, corre a la chimenea y ve su media vacía. La recoge con emoción y alegría y se la muestra a su mamá: "¡Está llena de bienes invisibles!", le dice, y se le ve feliz.
Por la tarde va Tomás al salón parroquial donde se reúnen los chicos, cada cual mostrando orgulloso su regalo. "¿Y a ti, Tomás, qué te ha traído Papá Noel?", le preguntan.
Tomás muestra feliz su media vacía: "¡A mí me ha traído bienes invisibles!", contesta. Los chicos se ríen de él.
Algunos niños pueden tener los mejores regalos del mundo, pero no son felices. En cambio, Tomás había descubierto, gracias a su mamá, el camino a la felicidad.
CUENTO DE NAVIDAD
Ray Bradbury
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-- ¿Qué haremos?
-- Nada, ¿qué podemos hacer?
-- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.
-- ¿Qué...? --preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-- Quiero mirar por el ojo de buey.
-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.
-- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-- Espera un poco --dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis.
-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.
-- Pero... --empezó a decir la madre.
-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-- Ya es casi la hora.
-- ¿Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-- No entiendo.
-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-- Entra, hijo.
-- Está oscuro.
-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-- Feliz Navidad, hijo --dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
Fantasma de Navidad
Charles Dickens
Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deberíamos hacerlo. Deberíamos volver a casa en vacaciones, cuanto más largas mejor, desde el internado en el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritméticas, para así descansar. Viajamos hasta casa a través de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas chispeantes; y así hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos, con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen más grandes tras las ventanas, y las filas de árboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el día, a intervalos, una liebre asustada ha salido corriendo a través de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo distante de un rebaño de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado también, por un minuto, con el silencio. Si pudiéramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos, brillarían ahora como las gotas heladas de rocío sobre las hojas; pero están inmóviles, y todo está callado. Y así, las luces se van haciendo más grandes, y los árboles se apartan hacia atrás ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra espalda, como impidiéndonos la retirada, y llegamos a la casa.
Probablemente huele todo el tiempo a castañas asadas y otras cosas buenas y reconfortantes, pues estamos contando historias de Navidad, historias de fantasmas, o más vergonzosas para nosotros, alrededor del fuego de Navidad, y no nos hemos movido salvo para acercarnos un poco más a él. Pero dejemos eso.
Llegamos a la casa y es una casa antigua, repleta de grandes chimeneas en las que la leña arde en el hogar sobre viejas tenazas, y retratos horrendos (algunos de ellos con leyendas también horrendas) miran con saña y desconfianza desde el entablado de roble de las paredes. Somos un noble de edad mediana y damos una generosa cena con nuestro anfitrión y anfitriona y sus invitados, es Navidad y la vieja casa está llena de invitados, y después nos vamos a la cama. Nuestra habitación es muy antigua.
Está recubierta de tapices. No nos gusta el retrato de un caballero vestido de verde colocado sobre la repisa de la chimenea. En el techo hay grandes vigas negras y para nuestro acomodo particular contamos con una enorme cama negra a la que en los pies le sirven de apoyo dos figuras negras también grandes que parecen salidas de dos tumbas de la antigua iglesia que tenía el barón en el parque. Pero no somos un noble supersticioso, y no nos importa. ¡Todo va bien! Despedimos a nuestro criado, cerramos la puerta y nos sentamos delante del fuego vestido: con el camisón, meditando en muchas cosas.
Finalmente, nos metemos en la cama. ¡Muy bien! No podemos dormir. Damos vueltas y más vueltas, pero no podemos dormir. Las ascuas de la chimenea arden bien y dan a la habitación un aspecto fantasmal No podemos evitar escudriñar, por encima del cobertor, las dos figuras negras y el caballero... ese caballero vestido de verde y de apariencia perversa Con la luz parpadeante dan la impresión de avanza y retroceder: lo cual, a pesar de que no seamos et absoluto un noble supersticioso, no resulta agradable.
¡Muy bien! Nos ponemos nerviosos... más y más nerviosos. Decimos: «esto es una verdadera estupidez, pero no podemos soportarlo; simularemos estar enfermos y llamaremos a alguien».
¡Muy bien Precisamente vamos a hacerlo cuando la puerta cerrada se abre y entra una mujer joven, de palidez mortal y de cabellos rubios y largos que se desliza hasta la chimenea, y se sienta en la silla que hemos dejado allí, frotándose las manos. Nos damos cuenta entonces de que su ropa está húmeda. La lengua se nos pega al velo del paladar y no somos capaces de hablar, pero la observamos con precisión.
Su ropa está húmeda, su largo cabello está salpicado de barro húmedo, va vestida según la moda de hace do: cientos años, y lleva en su ceñidor un manojo de llaves oxidadas. ¡Muy bien! Se sienta allí y ni siquiera podemos desmayarnos del estado en el que no encontramos. Entonces ella se levanta y prueba todas las cerraduras de la habitación con las llaves oxidadas, sin que encuentre ninguna que vaya bien; después fija la mirada en el retrato del caballero vestido de verde y con una voz baja y terrible exclama:
«¡El hombre lo sabe!» Después se vuelve a frotar las manos, pasa junto al borde de la cama y sale por la puerta. Nos apresuramos a ponernos la bata, cogemos las pistolas (siempre viajamos con ellas) y la seguimos, pero encontramos la puerta cerrada. Damos la vuelta a la llave, miramos en el pasillo oscuro y no hay nadie. Lo recorremos tratando de encontrar a nuestro criado. No es posible.
Recorremos el pasillo hasta que despunta el día y luego regresamos a nuestra habitación vacía, caemos dormidos y nos despierta nuestro criado (nunca hay nada que le hechice a él) y el sol brillante. ¡Muy bien! Tomamos un desayuno terrible y todos dicen que tenemos un aspecto extraño. Después del desayuno paseamos por la casa con nuestro anfitrión, y le conducimos hasta el retrato del caballero vestido de verde, y entonces se aclara todo. Se comportó con falsedad con una joven ama de llaves unida en otro tiempo a esa familia, y famosa por su belleza, que se ahogó en un lago y cuyo cuerpo fue descubierto al cabo de mucho tiempo porque los ciervos se negaban a beber el agua. Desde entonces se ha dicho entre susurros que ella atraviesa la casa a medianoche (pero que va especialmente a esa habitación, en donde acostumbraba a dormir el caballero vestido de verde) probando las viejas cerraduras con las llaves oxidadas. ¡Bien! Le contamos a nuestro anfitrión lo que hemos visto, y una sombra cubre sus rasgos tras lo que nos suplica que guardemos silencio; y así se hace. Pero todo es cierto; y lo contamos, antes de morir (ahora estamos muertos) a muchas personas responsables.
Es infinito el número de casas antiguas con galerías resonantes, dormitorios lúgubres y alas encantadas cerradas durante muchos años, por las cuales podemos pasear, con un agradable hormigueo subiéndonos por la espalda y encontrarnos algunos fantasmas, pero quizá sea digno de mención afirmar que se reducen a muy pocos tipos y clases generales; pues los fantasmas tienen poca originalidad y «caminan» por caminos trillados. Sucede, por ejemplo, que en una determinada habitación de un cierto salón antiguo en donde se suicidó un malvado lord, barón, o caballero, hay en el suelo algunas tablas de las que no se puede borrar la sangre.
Raspas y raspas, como el actual dueño ha hecho, o cepillas y cepillas; como hizo su padre, o friegas y friegas, como hizo su abuelo, o quemas y quemas con ácidos fuertes, como hizo el bisabuelo, pero la sangre seguirá estando allí, ni más roja ni más pálida, ni en mayor ni en menor cantidad; siempre igual. En otra de esas casas hay una puerta encantada que nunca se abrirá; u otra que nunca se cerrará; o un sonido de una rueda de hilar, o un martillo, o unos pasos, o un grito, o un suspiro, un galope de caballos o el rechinar de unas cadenas. O hay un reloj que a medianoche da trece campanadas cuando va a morir el cabeza de familia, o un carruaje sombrío, negro e inmóvil que ve siempre en esos momentos alguien que aguardaba cerca de las amplias puertas del patio del establo. O sucede, como en el caso de Lady Mary, que fue a visitar una casa situada en los Highlands escoceses, y como estaba fatigada por su largo viaje se retiró pronto a la cama y a la mañana siguiente dijo con toda inocencia en la mesa del desayuno:
-¡Me resultó muy extraño que celebraran una fiesta a una hora tan tardía anoche en este remoto lugar y no me hablaran de ella antes de que me acostara!
Entonces todos preguntaron a Lady Mary lo que quería decir. Y ésta contestó:
-Bueno, anoche todo el tiempo oí carruajes que daban vueltas y más vueltas alrededor de la terraza, bajo mi ventana.
Entonces el dueño de la casa se puso pálido, lo mismo que su señora, y Charles Macdoodle de Macdoodle hizo señas a Lady Mary de que no dijera más, y todos guardaron silencio. Tras el desayuno, Charles Macdoodle le contó a Lady Mary que según una tradición de la familia era un presagio de muerte que los carruajes dieran vueltas por la terraza. Y así fue, pues dos meses más tarde moría la señora de la casa. Y Lady Mary, que era doncella de honor en la Corte, contó a menudo esta historia a la Reina Charlotte; y es por esto que el viejo rey decía siempre: «¿Cómo, cómo? ¿Qué, qué? ¿Fantasmas, fantasmas? ¡No existen, no existen!» Y no dejaba de decir esa frase hasta que se iba a la cama.
Y ahora bien, un amigo de alguien al que casi todos conocemos, cuando era un joven que estaba cursando estudios tenía un amigo especial con e que había hecho el pacto de que, si era posible que e espíritu retornara a esta tierra después de separarse del cuerpo, aquel de los dos que muriera primero se le aparecería al otro. Nuestro amigo se olvidó de ese pacto con el curso del tiempo; los dos jóvenes habían progresado en la vida, habían tomado camino; divergentes y se habían separado. Pero una noche muchos años después, estando nuestro amigo en el norte de Inglaterra, y quedándose a pasar la noche en una posada de Yorkshire Moors, miró desde la cama hacia fuera; y allí, bajo la luz de la luna, apoyado en un buró cercano a la ventana, y mirándole fijamente, vio a su antiguo compañero de estudios Cuando éste se dirigió con solemnidad hacia la aparición, ésta respondió en una especie de susurre pero bien audible:
-No te acerques a mí. Estoy muerto. He venido aquí para cumplir mi promesa. ¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos!
En ese momento empezó a volverse más pálido y se fundió, por así decirlo, con la luz de la luna, desapareciendo en ella.
O está el caso de la hija del primer ocupante de lo pintoresca casa isabelina, tan famosa en nuestra vecindad. ¿Ha oído hablar de ella? ¿No? Bueno, la hija salió una noche de verano en el momento del crepúsculo; era una joven muy hermosa, de diecisiete años de edad, y se disponía a coger flores del jardín: pero de pronto llegó corriendo, aterrada, hasta el salón donde estaba su padre,
a quien le dijo:
-¡Ay, querido padre, me he encontrado conmigo misma!
Él la cogió en sus brazos y le dijo que todo era una fantasía, pero ella replicó:
-¡Oh, no! Me encontré conmigo en el camino ancho, y yo estaba pálida, y recogía flores marchitas, y giraba la cabeza y las levantaba!
Y aquella noche murió la joven; y se empezó a hacer un cuadro con su historia, pero no se terminó nunca, y dicen que ha estado hasta hoy en algún lugar de la casa, con el rostro vuelto hacia la pared.
O la historia del tío de la esposa de mi hermano, que volvía a casa cabalgando al atardecer de un hermoso día y en una calle arbolada cercana a su casa vio a un hombre de pie ante él en el centro mismo de la estrecha calzada.
«¿Qué hace ese hombre del manto ahí parado?», pensó. «¿Quiere que pase con el caballo por encima de él?»
Pero la figura no se movió. Al verlo tan quieto tuvo una sensación extraña, pero siguió avanzando, aunque aflojando el trote. Cuando estuvo tan cerca que llegó a tocarlo casi con el estribo el caballo se asustó y la figura se deslizó hacia arriba, hasta la acera, de una manera curiosa y nada natural: hacia atrás, sin que pareciera utilizar los pies, hasta que desapareció. El tío de la esposa de mi hermano exclamó:
-¡Por el Dios de los cielos! ¡Si es mi primo Harry, el de Bombay!
Espoleó el caballo, que de pronto se había puesto a sudar profusamente, y extrañándose de tan rara conducta dio la vuelta para dirigirse hacia la fachada de su casa. Cuando llegó allí vio la misma figura, que pasaba en ese momento junto a la alargada ventana francesa de la sala de estar, en la planta baja. Le
pasó las bridas a un criado y se dirigió presurosamente hacia la figura. Allí estaba sentada su hermana, a solas. Alice, ¿dónde está mi primo Harry?
-¿Tu primo Harry, John?
-Sí, el de Bombay. Acabo de encontrarme con él ahora en la avenida, y le vi entrar aquí hace un instante.
Pero nadie había visto a nadie; y tal como después se supo, en ese mismo instante moría en India aquel primo.
O está la historia de esa sensible y anciana dama soltera que murió a los noventa y nueve años de edad manteniendo sus facultades hasta el último momento y vio realmente al chico huérfano. Es una historia que a menudo se ha -contado incorrectamente, pero de la que la verdad auténtica es ésta, lo sé porque en realidad es una historia de nuestra familia, y ella era amiga de la casa. Cuando tenía unos cuarenta años de edad, y seguía poseyendo una hermosura poco común (su amado murió joven, razón por la cual ella nunca se casó, a pesar de tener numerosas ofertas), fijó su residencia en un lugar de Kent, que su hermano, un comerciante con India, había comprado recientemente.
Se contaba la historia de que en otro tiempo aquel lugar estuvo a cargo del tutor de un joven; que ese tutor sería el segundo heredero y que mató al muchacho con su tratamiento duro y cruel. Ella nada sabía de tales cosas. Se ha dicho que en el dormitorio de ella había una jaula en la que el tutor solía
encerrar al muchacho. Es falso. Sólo había un gabinete. Ella se acostó, no hizo llamada alguna durante la noche, pero por la mañana le dijo con toda tranquilidad a la doncella cuando ésta entró:
-¿Quién es ese guapo mocito de aspecto abandonado que estuvo mirando hacia fuera desde el gabinete toda la noche?
La doncella contestó lanzando un fuerte grito y echando a correr al instante. La dama se sorprendió de aquello, pero era una mujer de notable fuerza mental, por lo que se vistió ella sola, bajó las escaleras y acudió a reunirse con su hermano:
-Walter, toda la noche me ha estado inquietando un guapo mocito de aspecto abandonado que constantemente miraba hacia fuera desde el gabinete que hay en mi habitación, y que no puedo abrir. Ahí debe haber algún truco.
-Me temo que no, Charlotte -contestó el hermano-, pues es la leyenda de la casa. Es el huérfano. ¿Qué es lo que hizo?
-Abrió la puerta con suavidad y miró hacia fuera. A veces penetraba uno o dos pasos en la habitación. Entonces yo le llamaba, para animarle, y él se encogía, se estremecía y volvía a meterse de nuevo, cerrando la puerta.
-Charlotte, el gabinete no tiene comunicación con ninguna otra parte de la casa, y está cerrado con clavos.
Aquello era indudablemente cierto y dos carpinteros necesitaron una mañana entera para abrir la puerta y poder examinar el gabinete. Sólo entonces Charlotte quedó convencida de que había visto al huérfano.
Pero lo terrible de la historia es que fue visto sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, todos los cuales murieron jóvenes. En cada ocasión, el niño enfermaba, regresaba a casa con fiebre, doce horas antes de la muerte, y le decía a su madre que había estado jugando bajo un cierto roble que había en un prado con un chico extraño, un chico de buen aspecto, pero que parecía abandonado, que era muy tímido y le hacía señas. A partir de esa experiencia fatal los padres llegaron a saber que se trataba del huérfano, y que el destino del niño al que había elegido como compañero de juegos estaba seguramente fijado.
Un extraño relato de Navidad
Guy de Maupassant
El doctor Bonenfantes forzaba su memoria, murmurando:
-¿Un recuerdo de Navidad?... ¿Un recuerdo de Navidad?...
Y, de pronto, exclamó:
"-Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena.
"Comprendo que admire oír hablar así a un incrédulo como yo. ¡Y es indudable que presencié un milagro! Lo he visto, lo que se llama verlo, con mis propios ojos.
"¿Que si me sorprendió mucho? No; porque sin profesar creencias religiosas, creo que la fe lo puede todo, que la fe levanta las montañas. Pudiera citar muchos ejemplos, y no lo hago para no indignar a la concurrencia, por no disminuir el efecto de mi extraña historia.
"Confesaré, por lo pronto, que si lo que voy a contarles no fue bastante para convertirme, fue suficiente para emocionarme; procuraré narrar el suceso con la mayor sencillez posible, aparentando la credulidad propia de un campesino.
"Entonces era yo médico rural y habitaba en plena Normandía, en un pueblecillo que se llama Rolleville.
"Aquel invierno fue terrible. Después de continuas heladas comenzó a nevar a fines de noviembre. Amontonábanse al norte densas nubes, y caían blandamente los copos de nieve tenue y blanca.
"En una sola noche se cubrió toda la llanura.
"Las masías, aisladas, parecían dormir en sus corralones cuadrados como en un lecho, entre sábanas de ligera y tenaz espuma, y los árboles gigantescos del fondo, también revestidos, parecían cortinajes blancos.
"Ningún ruido turbaba la campiña inmóvil. Solamente los cuervos, a bandadas, describían largos festones en el cielo, buscando la subsistencia, sin encontrarla, lanzándose todos a la vez sobre los campos lívidos y picoteando la nieve.
"Sólo se oía el roce tenue y vago al caer los copos de nieve.
"Nevó continuamente durante ocho días; luego, de pronto, aclaró. La tierra se cubría con una capa blanca de cinco pies de grueso.
"Y, durante cerca de un mes, el cielo estuvo, de día, claro como un cristal azul y, por la noche, tan estrellado como si lo cubriera una escarcha luminosa. Helaba de tal modo que la sábana de nieve, compacta y fría, parecía un espejo.
"La llanura, los cercados, las hileras de olmos, todo parecía muerto de frío. Ni hombres ni animales asomaban; solamente las chimeneas de las chozas en camisa daban indicios de la vida interior, oculta, con las delgadas columnas de humo que se remontaban en el aire glacial.
"De cuando en cuando se oían crujir los árboles, como si el hielo hiciera más quebradizas las ramas, y a veces desgajábase una, cayendo como un brazo cortado a cercén.
"Las viviendas campesinas parecían mucho más alejadas unas de otras. Vivíase malamente; cada uno en su encierro. Sólo yo salía para visitar a mis pacientes más próximos, y expuesto a morir enterrado en la nieve de una hondonada.
"Comprendí al punto que un pánico terrible se cernía sobre la comarca. Semejante azote parecía sobrenatural. Algunos creyeron oír de noche silbidos agudos, voces pasajeras. Aquellas voces y aquellos silbidos los daban, sin duda, las aves migratorias que viajaban al anochecer y que huían sin cesar hacia el sur. Pero es imposible que razonen gentes desesperadas. El espanto invadía las conciencias y se aguardaban sucesos extraordinarios.
"La fragua de Vatinel hallábase a un extremo del caserío de Epívent, junto a la carretera intransitada y desaparecida. Como carecían de pan, el herrero decidió ir a buscarlo. Entretúvose algunas horas hablando con los vecinos de las seis casas que formaban el núcleo principal del caserío; recogió el pan, varias noticias, algo del temor esparcido por la comarca, y se puso en camino antes de que anocheciera.
"De pronto, bordeando un seto, creyó ver un huevo sobre la nieve, un huevo muy blanco; inclinose para cerciorarse; no cabía duda; era un huevo. ¿Cómo sé hallaba en tan apartado lugar? ¿Qué gallina salió de su corral para ponerlo allí? El herrero, absorto, no se lo explicaba, pero cogió el huevo para llevárselo a su mujer.
"-Toma este huevo que encontré en el camino.
"La mujer bajó la cabeza, recelosa:
"-¿Un huevo en el camino con el tiempo que hace? ¿No te has emborrachado?
"-No, mujer, no; te aseguro que no he bebido. Y el huevo estaba junto a un seto, caliente aún. Ahí lo tienes; me lo metí en el pecho para que no se enfriase. Cómetelo esta noche.
"Lo echaron en la cazuela donde se hacía la sopa, y el herrero comenzó a referir lo que se decía en la comarca.
"La mujer escuchaba, palideciendo.
"-Es cierto; yo también oí silbidos la pasada noche, y entraban por la chimenea.
"Sentáronse y tomaron la sopa; luego, mientras el marido untaba un pedazo de pan con manteca, la mujer cogió el huevo, examinándolo con desconfianza.
"-¿Y si tuviese algún maleficio?
"-¿Qué maleficio puede tener?
"-¡Toma! ¡Si yo supiera!
"-¡Vaya! Cómetelo y no digas bestialidades.
"La mujer abrió el huevo; era como todos, y se dispuso a tomárselo con prevención, cogiéndolo, dejándolo, volviendo a cogerlo. El hombre decía:
"-¿Qué haces? ¿No te gusta? ¿No es bueno?
"Ella, sin responder, acabó de tragárselo. Y de pronto fijó en su marido los ojos, feroces, inquietos, levantó los brazos y, convulsa de pies a cabeza, cayó al suelo, retorciéndose, dando gritos horribles.
"Toda la noche tuvo convulsiones violentas y un temblor espantoso la sacudía, la transformaba. El herrero, falto de fuerza para contenerla, tuvo que atarla.
"Y la mujer, sin reposo, vociferaba:
"-¡Se me ha metido en el cuerpo! ¡Se me ha metido en el cuerpo!
"Por la mañana me avisaron. Apliqué todos los calmantes conocidos; ninguno me dio resultado. Estaba loca.
"Y, con una increíble rapidez, a pesar del obstáculo que ofrecían a las comunicaciones las altas nieves heladas, la noticia corrió de finca en finca: 'La mujer de la fragua tiene los diablos en el cuerpo.'
"Acudían los curiosos de todas partes; pero sin atreverse a entrar en la casa, oían desde fuera los horribles gritos, lanzados por una voz tan potente que no parecían propios de un ser humano.
"Advirtieron al cura. Era un viejo incauto. Acudió con sobrepelliz, como si se tratara de auxiliar a un moribundo, y pronunció las fórmulas del exorcismo, extendiendo las manos, rociando con el hisopo a la mujer, que se retorcía soltando espumarajos, mal sujeta por cuatro mocetones.
"Los diablos no quisieron salir.
"Y llegaba la Nochebuena, sin mejorar el tiempo.
"La víspera, por la mañana, el cura fue a visitarme:
"-Deseo -me dijo- que asista la infeliz a la misa de gallo. Tal vez Nuestro Señor Jesucristo la salve, a la hora en que nació de una mujer.
"Yo respondí:
"-Me parece bien, señor cura. Es posible que se impresione con la ceremonia, muy a propósito para conmover, y que sin otra medicina pueda salvarse.
"El viejo cura insinuó:
"-Usted es un incrédulo, doctor, y, sin embargo, confío mucho en su ayuda. ¿Quiere usted encargarse de que la lleven a la iglesia?
"Prometí hacer para servirle cuanto estuviese a mi alcance.
"De noche comenzó a repicar la campana, lanzando sus quejumbrosas vibraciones a través de la sombría llanura, sobre la superficie tersa y blanca de la nieve.
"Bultos negros llegaban agrupados lentamente, sumisos a la voz de bronce del campanario. La luna llena iluminaba con su tibia claridad todo el horizonte, haciendo más notoria la pálida desolación de los campos.
"Fui a la fragua con cuatro mocetones robustos.
"La endemoniada seguía rugiendo y aullando, sujeta con sogas a la cama. La vistieron, venciendo con dificultad su resistencia, y la llevaron.
"A pesar de hallarse ya la iglesia llena de gente y encendidas todas las luces, hacía frío; los cantores aturdían con sus voces monótonas; roncaba el serpentón; la campanilla del monaguillo advertía con su agudo tintineo a los devotos los cambios de postura.
"Detuve a la mujer y a sus cuatro portadores en la cocina de la casa parroquial, aguardando el instante oportuno. Juzgué que éste sería el que sigue a la comunión.
"Todos los campesinos, hombres y mujeres, habían comulgado pidiendo a Dios que los perdonase. Un silencio profundo invadía la iglesia, mientras el cura terminaba el misterio divino.
"Obedeciéndome, los cuatro mozos abrieron la puerta y acercáronse a la endemoniada.
"Cuando ella vio a los fieles de rodillas, las luces y el tabernáculo resplandeciente, hizo esfuerzos tan vigorosos para soltarse que a duras penas conseguimos retenerla; sus agudos clamores trocaron de pronto en dolorosa inquietud la tranquilidad y el recogimiento de la muchedumbre; algunos huyeron.
"Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer.
"La llevaron a las gradas del presbiterio, sosteniéndola fuertemente, agazapada.
"Cuando el cura la vio allí, sujeta, se acercó cogiendo la custodia, entre cuyas irradiaciones de oro aparecía una hostia blanca, y alzando por encima de su cabeza la sagrada forma, la presentó con toda solemnidad a la vista de la endemoniada.
"La mujer seguía vociferando y aullando, con los ojos fijos en aquel objeto brillante; y el cura estaba inquieto, inmóvil, hasta el punto de parecer una estatua.
"La mujer mostrábase temerosa, fascinada, contemplando fijamente la custodia; presa de terribles angustias, vociferaba todavía; pero sus voces eran menos desgarradoras.
"Aquello duró bastante.
"Hubiérase dicho que su voluntad era impotente para separar la vista de la hostia; gemía, sollozaba; su cuerpo, abatido, perdía la rigidez, recobraba su blandura.
"La muchedumbre se había prosternado con la frente en el suelo; y la endemoniada, parpadeando, como si no pudiera resistir la presencia de Dios ni sustraerse a contemplarlo, callaba. Luego advertí que se habían cerrado sus ojos definitivamente.
"Dormía el sueño del sonámbulo, hipnotizada..., ¡no, no!, vencida por la contemplación de las fulgurantes irradiaciones de la custodia de oro; humillada por Cristo Nuestro Señor triunfante.
"Se la llevaron, inerte, y el cura volvió al altar.
"La muchedumbre, desconcertada, entonó un tedeum.
"Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo.
"Ahí tienen, señoras, el milagro que yo presencié.
Hubo un corto silencio y, luego, añadió:
-No pude negarme a dar mi testimonio por escrito.
La fosfonera
Hans Christian Andersen
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.
Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser acurrucado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.
Los Reyes Magos
Pancho Aquino
No olvidaré jamás aquella mañana del seis de enero; hacía pocos días había cumplido mis primeros sesenta y un años. Durante la noche anterior un sueño extraño llenó mi corazón de dudas. Por eso me levanté muy temprano, no podía seguir durmiendo, algunas lágrimas mostraban mi tristeza.
Me senté en el borde de la cama y seguí llorando, mientras recordaba al duende que en mis sueños me había dicho algo que yo no podía creer... por eso mi llanto y mi tristeza esa mañana del seis de enero.
Con su chillona voz de duende había dicho: "Me extraña que a tu edad no lo sepas: los Reyes Magos no existen, son los adultos, generalmente los padres, los que compran los regalos".
Siguió hablando, sin importarle mi dolor y aunque ya no quería escucharlo y hacía lo posible para alejarme de él, su voz aguda y su risita burlona resonaban en mis oídos, hasta que al fin pude despertar.
Inicié las tareas del día sintiéndome muy mal, sin deseos de hacer nada.
Para distraerme un poco y aliviar mi pena salí a caminar y me encontré con muchos chicos jugando en las calles y comentando entre ellos los regalos recibidos, que por cierto eran muy hermosos.
Claro!, pensé.,los padres de estos niños tienen el dinero suficiente para comprárselos.
Seguí andando, sin rumbo fijo, y así pasé por un barrio más pobre, por el hospital, por la iglesia y por último llegué a un barrio de emergencia y vi que todos los niños tenían algún juguete entre sus manos.
Los sentimientos eran similares en todas partes. Padres e hijos del barrio rico, la iglesia o el hospital llevaban en sus rostros la misma expresión de felicidad, sin relación con el valor material de los regalos, se reflejaban en sus miradas la emoción, la alegría, la sorpresa, el amor, todo el amor.
Fue entonces que mis labios volvieron a sonreír.
Esperé la noche para hablar con el duende de mis sueños y cuando él llegó le conté lo que había visto.
Me escuchó con mucha atención y sonriente e inquieto como siempre, me dijo:
"Mientras haya gente buena, corazones abiertos, personas que amen a los niños, a las que nos les importe el color de la piel o la posición social, los Reyes Magos seguirán llegando, ellos jamás dejarán de venir".
Su risita sonora se fue apagando, mientras se elevaba hacia el cielo.
Yo me quedé mirando cómo se perdía en la noche y entonces me pareció ver entre las estrellas las siluetas de los tres Reyes, montados en sus camellos. que se alejaban con las bolsas repletas de cartas ilusionadas.
Acaricié mi barba, como lo hago siempre que estoy feliz... una de aquellas cartas era mía.
Del libro: "Cuentos para Niños de 8 a 108 II" - Pancho Aquino.
Una navidad en el bosque
por Helena López-Casares Pertusa
España
Erase una vez un bonito pueblo en medio de un frondoso y colorido bosque habitado por unos alegres animales. Cada año, con la caída de las primeras nieves y la llegada de las estrellas de luz, se reunían en torno al Gran Árbol para preparar la Navidad y conocer una de las noticias más esperadas de la temporada.
Todas las actividades que realizaban en aquella Época tenían como objetivo la convivencia, el fomento de la amistad y la diversión. El concurso de cocina, organizado por la Señora Ardilla, hacía las delicias de los más comilones, pues los platos presentados eran degustados al finalizar la competición. Los más pequeños participaban en la tradicional Carrera de Hielo, que tenía lugar en el lago helado y acudían cada tarde a los ensayos de la Señorita Ciervo, que era la encargada del coro que alegraba con sus villancicos todos los rincones del bosque. Y, por supuesto, estaba lo mejor noche de todas: la Nochebuena, en la que se representaba una obra de teatro que tenía como tema central la amistad.
El Señor Búho, como director de la escuela de teatro, seleccionaba una pieza de entre todas las que enviaban los animales aspirantes a ser los elegidos para llenar de paz los corazones de los habitantes del bosque, pero ese año:
- Bienvenidos todos a la reunión preparatoria de la Navidad, dijo el Señor Búho posado en la rama más robusta del Gran Árbol. Este año, la elección de la obra ha estado muy reñida porque todas las propuestas eran de gran calidad, pero había que elegir un ganador. Así que sin más demora demos un aplauso al Sr. Conejo, autor de la obra ganadora “Salvemos el bosque”.
- Gracias, gracias, es un honor para mí, exclamaba Conejo entre aplausos.
- Bien, pues ya sabéis que mañana a las diez daremos comienzo a las pruebas de selección. Rogamos puntualidad a los interesados, concluyó el Sr. Búho.
Al día siguiente, a la hora convenida, comenzó la selección. Al ser un musical, las pruebas se centraron en las habilidades de canto y baile, pues eran requisitos imprescindibles. La obra contaba la trama de un guardabosque que debía salvar la flora de un malvado leñador, obsesionado con cortar un Árbol milenario y arrasar todo lo que se pusiera en su camino. En su lucha por preservar el entorno natural, el guardabosque contaba la inestimable ayuda de un girasol y de un lirio que ponían su astucia al servicio de la noble causa.
Tras varias horas, los papeles quedaron repartidos de la siguiente manera: el Sr. Oso haría de guardabosques, Castor sería el vil leñador, la Sra. Pata representaría al girasol, y la Sra. Lince, al lirio.
Al principio todo marchaba estupendamente, los actores estaban contentos con sus papeles y trabajaban duro para perfeccionar sus actuaciones, hasta que hizo su aparición el peor de los fantasmas: la envidia.
- Sr. Conejo, creo que Castor tendría que tener un poco más de protagonismo. El leñador está lleno de matices y podríamos crear unos espectaculares efectos especiales que dejarían al público boquiabierto, dijo el Sr. Búho en uno de los ensayos.
-Sí, puede que tengas razón y deba retocar el texto para darle más peso a Castor. Podemos hacer un juego de luces y sombras cada vez que aparezca y realzar su papel.
Ante estas palabras Castor se puso muy contento, pues estaba muy ilusionado con la obra, pero Oso no lo vio con los mismos ojos. Si a Castor le daban más protagonismo, eso significaba que él dejaría de ser el protagonista absoluto, y eso no le gustó nada.
El ensayo del día siguiente fue un caos. En lugar de avanzar, daban pasos hacia atrás. Oso no colaboraba y Castor, que se había dado cuenta de lo que estaba pasando, estuvo muy arisco. Por si fuera poco, el vestuario también había sido fuente de conflictos entre las chicas. La Sra. Pata consideraba que el vestido de la Sra. Lince era más llamativo y que debían haberlo echado a suertes.
La tensión en el escenario se podía cortar y desastre no se hizo esperar, y durante el ensayo de la escena final, que reunía a todos los actores en el escenario para interpretar el número final comenzaron a empujarse unos a otros con tal brío que parte del decorado se rompió.
- Orden, orden, pero bueno ¿qué pasa? preguntó Conejo encolerizado. Habéis echado a perder el trabajo de varios días y de todos los que han colaborado en la puesta en escena. Quedan sólo dos días para Nochebuena, pero si tuviéramos más tiempo os echaría a todos de la obra. Se acabó el ensayo por hoy.
Conejo estaba rabioso, no entendía nada. Pero ¿cómo podían pelearse por una cosa así?
Al día siguiente los habitantes se despertaron siendo testigos de un acontecimiento terrible: la nieve había desaparecido y las estrellas de luz se habían apagado. ¿Cómo era posible? Asustados, los animales se congregaron alrededor del Gran Árbol, en busca del sabio consejo del Sr. Búho.
- Queridos habitantes del bosque, el espíritu de la Navidad se ha ido, sentenció Búho.
- ¿Y cómo podemos hacer que vuelva? preguntó asustada la Sra. Ardilla.
- Nos vamos a quedar sin Navidad, se oyó decir a un lobezno.
- Hoy es un día muy triste. La envidia ha desatado unas reacciones negativas en cadena. La nieve se ha derretido, las estrellas han dejado de lucir y la obra de teatro peligra.
Oso estaba escuchando tras un arbusto y tenía miedo a salir porque sabía que era el desencadenante de la situación, pero había que ser valiente y afrontar las consecuencias de los propios actos, así que se decidió a salir.
- Lo siento mucho. Si hay algún culpable, ése soy yo. Me cegó la envidia. ¿Qué puedo hacer para enmendar mi error?
- No, no tienes por qué cargar con las culpas tú sólo, yo también he contribuido con mi mal comportamiento. Si sirve de algo yo también lo siento, se lamentó Castor.
- Si te hace ilusión, te cambio el vestido, me importa más tu amistad que un trozo de tela, exclamó la Sra. Lince dándole un abrazo a la Sra. Pata.
- Mirad, ¡está nevando! gritó con entusiasmo una voz.
- Sí y parece que en el cielo brillan de nuevo las estrellas. ¡El espíritu de la Navidad ha vuelto!, se oyó.
Ese año, la Navidad se vivió con mucha intensidad en el bosque, al fin y al cabo estuvieron a punto de perderla para siempre. Habían aprendido la lección y ahora sabían que la envidia cegaba y tenía unos efectos muy negativos que no se podían controlar. Así que para que no se les olvidara nunca construyeron una gran placa de madera que colgaron del Gran Árbol. En ella se podía leer la siguiente inscripción:
"El tesoro más valioso que posees es la amistad, cuídalo todos los días y crecerá".
Los Tres Árboles
Érase una vez, en la cumbre de una montaña, tres pequeños árboles juntos que pensaban sobre lo que querían llegar a ser cuando fueran grandes.
El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo, "Yo quiero guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y lleno de piedras preciosas. ¡Yo seré el baúl de tesoros más hermoso del mundo!".
El segundo arbolito miró un pequeño arroyo realizando su camino al océano y dijo, "Yo quiero viajar a través de aguas temibles y llevar reyes poderosos sobre mí. ¡Yo seré el barco más imponente del mundo!".
El tercer arbolito miró hacia el valle que estaba abajo de la montaña y vio hombres y mujeres trabajando en un pueblo, "Yo no quiero irme de la cima de la montaña nunca. Yo quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se pare a mirarme, levanten su mirada al cielo y piensen en Dios.
¡Yo seré el árbol más alto del mundo!".
Los años pasaron. Llovió, brilló el sol, y los pequeños árboles crecieron alto.
Un día, tres leñadores subieron a la cumbre de la montaña. El primer leñador miró al primer árbol y dijo, "¡Qué árbol tan hermoso es éste!", y con la arremetida de su hacha brillante el primer árbol cayó, "Ahora me deberán convertir en un baúl hermoso, deberé contener tesoros maravillosos!", dijo el primer árbol.
El segundo leñador miró al segundo árbol y dijo, "Este árbol es muy fuerte, es perfecto para mí". Y con la arremetida de su hacha brillante, el segundo árbol cayó. "¡Ahora deberé navegar aguas temibles!", pensó el segundo árbol, "Deberé ser un barco imponente para reyes temidos y poderosos".
El tercer árbol sintió su corazón sufrir cuando el último leñador lo miró. El árbol se paró derecho y alto y apuntando ferozmente al cielo. Pero el leñador ni siquiera miró hacia arriba y dijo, "Cualquier árbol es bueno para mí". Y con la arremetida de su hacha brillante, el tercer árbol cayó.
El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó a una carpintería. Pero el carpintero lo convirtió en una caja de alimento para animales de granja. Aquel árbol hermoso no fue cubierto con oro, ni lleno de tesoros, sino que fue cubierto con polvo de cortadora y lleno con alimento para animales de granja hambrientos.
El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó cerca de un embarcadero, pero ningún barco imponente fue construido ese día. En lugar de eso aquel árbol fuerte fue cortado y convertido a un simple bote de pesca, era demasiado chico y débil para navegar en el océano, ni siquiera en un río, y fue llevado a un pequeño lago.
El tercer árbol estaba confundido cuando el leñador lo cortó para hacer tablas fuertes y lo abandonó en un almacén de madera. "¿Qué estará pasando?", fue lo que se preguntó el árbol, "Yo todo lo que quería era quedarme en la cumbre de la montaña y apuntar a Dios..."
Muchísimos días y noches pasaron. A los tres árboles ya casi se les habían olvidado sus sueños. Pero una noche, una luz de estrella dorada alumbró al primer árbol cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido en la caja de alimento. "Yo quisiera haberle podido hacer una cuna al bebé", le dijo su esposo a la mujer, la madre le apretó la mano a su esposo y sonrió mientras la luz de la estrella alumbraba a la madera suave y fuerte de la cuna. Y la mujer dijo, "Este pesebre es hermoso". Y de repente, el primer árbol supo que contenía el Tesoro más grande del mundo.
Una tarde, un viajero cansado y sus amigos se subieron al viejo bote de pesca. El viajero se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente hacia adentro del lago. De repente, una impresionante y aterradora tormenta llegó al lago, el pequeño árbol se llenó de temor, él sabía que no tenía la fuerza para llevar a todos esos pasajeros a la orilla a salvo con ese viento y lluvia. El hombre cansado se levantó, y alzando su mano dijo "calma". La tormenta se detuvo tan rápido como comenzó. Y de repente el segundo árbol supo que él llevaba navegando al Rey del cielo y de la tierra.
Un día en la mañana el tercer árbol se extrañó cuando sus tablas fueron tomadas de aquel almacén de madera olvidado. Se asustó al ser llevado a través de una impresionante multitud de personas enojadas. Se llenó de temor cuando unos soldados clavaron las manos de un hombre en su madera.
Se sintió feo, áspero y cruel.
Pero un domingo por la mañana, cuando el sol brilló y la tierra tembló con júbilo debajo de su madera, el tercer árbol supo que el Amor de Dios había cambiado todo. Esto hizo que se sintiera fuerte, y cada vez que la gente pensara en el tercer árbol, pensarían en Dios. Eso era mucho mejor que ser el árbol más alto del mundo.
¡Santa Claus no lo sabía!
No debímos haberlo hecho. Luis, de ocho años, se restregaba inquieto las manos mientras esperaba la respuesta de su amigo.
Ricardo, dos meses menor, pero diez centímetros mayor, dejo de jugar con el mecano y volteó a ver a su mejor amigo. Contestó:
- ¿Por qué no?- Santa Claus nos va a acusar y todos se van a enojar mucho.
- No te preocupes, no lo sabe.
- ¿Cómo no va a saberlo? Si Santa Claus lo sabe todo.+
- No te preocupes. No sabe que lo hicimos.
- ¿Cómo sabes que Santa Claus no lo sabe? Ricardo desesperado por la insistencia de Luis, replicó:
- ¡Porque yo sé más que Santa Claus! La respuesta de Ricardo no convenció mucho a Luis, pero ya no siguió insistiendo.
Caminando de regreso a su casa, Ricardo no comprendía la preocupación de su amigo. A Ricardo no le importaba que Santa Claus este año tampoco le volviera a traer nada, ¡la idea de hacer estallar con un cohete el buzón del Director de la escuela había sido fantástica! ¡Cómo había volado el Buzón! ¡Cómo había sonado la explosión! ¡Cómo... En ese momento apareció una ardilla en la banqueta y Ricardo, corriendo tras de ella, se olvidó del asunto. María estaba preocupada. Se acercaba la Navidad y los niños se ponían más nerviosos, cometían más errores y prestaban menos atención a las clases. Pero lo más importante de todo: se ponían tristes, en vez de alegrarse con la llegada de la Navidad.
Desde que había llegado como maestra hace cuatro años, y le habían explicado la costumbre que tenían de que alguien se disfrazara de Santa Claus, para leer ante todos la lista de fechorías que los niños del pueblo hacían, para castigar a los niños malos y convertirlos en niños buenos; la idea del Santa Claus regañón no le gustaba. María suspiró. Lo que para ellos eran fechorías, para María eran simple travesuras. Para ella no había niños malos ni niños buenos, sólo niños tranquilos, y niños inquietos que no podían contener el bullicio de la vida que tenían dentro. Allí estaba el caso de Ricardo y Mauricio: los niños rebeldes y traviesos del pueblo, o el de Luis muchacho tímido y sensible que lloraba cuando se hablaba de Santa Claus. María no creía que eso fuera bueno para los niños, pero todas sus tentativas de acabar con esa "nueva" tradición habían sido infructuosos.
Ricardo comenzó a inquietarse por su amigo Luis, lo veía cada vez más triste y callado.
- ¿Qué te pasa?
- Nada.
- ¿Cómo que nada? ¿Qué pasa?
- ¡Te dije que nada!
- Somos amigos, así que me tienes que decir qué te pasa.
- Nada, el próximo Lunes es Navidad.
- ¿Y?
- ¡Y Santa Claus les va a decir a todos que soy un niño muy malo, y mis papás ya no me van a querer!
- No. Te aseguro que Santa Claus no lo sabe, y te lo voy a demostrar. ¡Te lo prometo!
Ricardo no sabía cómo, pero tenía que encontrar pruebas de que Santa Claus no sabía que ellos habían sido los del "Buzón cohete".
¡No podía tener ojos en todos lados! ¡No podía saberlo todo! Si así fuera, hace dos años Santa Claus lo habría regañado por lo de la miel derramada en el interior de los pantalones de deportes. Creyeron que había sido Abelardo, ese niño raro que expulsaron y se fue a una escuela en la ciudad. Y no le hubiera dado regalos, bueno, el pequeño regalo que le dio. ¡Ni eso le hubiera dado! Pero Ricardo pensaba y pensaba, y no se le ocurría cómo cumplir su promesa. Hasta que llegó el 24 de Diciembre, y decidió resolver el asunto de una manera directa: ¡enfrentaría a Santa Claus cara a cara! Ricardo se situó en un lugar estratégico, una calle por la que a fuerza tenía que pasar Santa Claus, cuando se dirigiera al Kiosco donde cada Domingo tocaba la banda del pueblo, pero cada 24 de Diciembre el show lo daba el gordo Santa Claus.
Cuando la figura de Santa Claus apareció caminando por la estrecha calle, Ricardo corrió y se interpuso en su camino. Santa Claus trastabilló y se paró en seco.
- ¿Qué quieres, mocoso?
- Preguntarte algo.
- ¿Qué cosa?
- Quiero preguntarte si sabes quién puso cohetes en el buzón del director. Santa Claus se quedó un rato extrañado por la pregunta. Después dirigió una mirada furiosa a Ricardo.
- ¡Así que fuiste tú, chamaco endiablado! ¡Me lo suponía, pero no estaba seguro! Podría haber sido Mauricio, ese otro monstruo enano que me saca canas verdes.
- ¡No lo sabía! Santa Claus ahora sabía que él había sido, pero no importaba, de todos modos por lo de la bicicleta sin frenos no iba a tocarle regalos. ¡Lo importante era que Santa Claus no sabía que Luis le había ayudado! El niño se sonrió y se fue corriendo, dejando al Santa Claus haciendo un berrinche navideño.
Ricardo entró corriendo a la casa de Luis. ¡Tenía que darle la noticia! Subió las escaleras de dos en dos y entró apresuradamente en la recámara de su amigo. El cuerpo de Luis colgaba del techo, balanceándose sin vida. Una opresión se formó en su pecho y sintió que se ahogaba. Corrió escaleras abajo, tropezó con el papá de Luis y salió a la calle a tomar aire. Lo único que rondaba en su cabeza era ¿Por qué? ¿Por qué? Seguía sintiendo un nudo en el estomágo y para soltarlo, para liberarlo, comenzó a gritar a media calle:
- ¡No lo sabía!- ¡No lo sabía!- ¡Santa Claus no lo sabía!.
El Año que Mamá Noel repartió los Regalos
Podría decir de este cuento que así fue, porque así me lo contaron, pero... a los hechos me remito. Como sabéis en Laponia, donde vive Papá Noel, hace un frío terrible, te castañetean los dientes, algunos días se te pegan las pestañas, de los techos de las casas cuelgan unas incisivas y larguísimas estalactitas. En fin..., cabe imaginar que en lugar tan maravilloso como inhóspito, las ardillas usan guantes; los lobos, lustrosas botas de cuero; y los renos, unos graciosos gorros rojos con orlas blancas, que acaban en su punta con una gracioso pompón. ¡Pero qué os voy a contar que no sepáis! O... ¿no sois vosotros de los primeros en salir hacia los mercadillos navideños de las plazas de vuestros pueblos y ciudades, y allí miráis encantados las figuras de Belén, las zambombas, las bolsas de confeti, la nieve artificial... hasta que... lo inevitable, volvéis al hogar con uno de esos maravillosos gorros rojos y blancos sobre vuestras cabezas.
Pues... lo que iba a contaros: a punto estaba de llegar a Laponia como a todo el mundo, el día de Navidad y Papá Noel amaneció con tos y fiebre.
-Es gripe -decía, con los ojos llorosos. Y muy preocupado añadía...- ¡Qué va a ser de mis niñitas y niñitos! ¿Quién repartirá las ilusiones y esperanzas, tantos regalos como ellos esperan?
-Yo -gritó una vocecita pequeña y delgada como un airecillo primaveral que llegaba de la cocina.
Papá Noel, pensó en un ratoncito. Lo había visto hacía tiempo protegiéndose del frío del invierno junto a la cocina de leña.
-Yo -repitió la vocecita... que acercándose a Papá Noel, le trajo un gran vaso de leche con miel y un pastelillo. Yo lo haré.
Papá Noel escuchó sin decir nada. Y Mamá Noel, repitió:
-Yo lo haré...
Bueno, la verdad es que a Papá Noel ese cambio no le agradó mucho; él, se llevaba los honores; él, recibía las cartas de millones de niñas y niños; de él, se hablaba en todos los telediarios y periódicos del mundo...
-Está bien -refunfuñó-, está bien. Los tiempos han cambiado. Lo reconozco. He de reconocerlo. Me parece... justo.
Entonces Mamá Noel, consolándole, dijo:
-No te preocupes, Papa. No lo notarán. Llevaré tu traje, me pondré un almohadón para imitar tu barriga, y... y... hasta una barba postiza.
Fuera, el trineo estaba preparado. Sonaban los cascabelillos de los arneses y los renos se movían ansiosos y expectantes. Nevaba, y de los pinos caían espontáneos puñados de nieve.
-No, no es justo -reflexionó Papá Noel-.No puedo permitirlo. Tú eres tú.
Entonces Mamá Noel, dijo:
-Bien, bien... Veo que los dos estábamos preparados para este cambio...
-¡Atchiss! -contestó Papá Noel.
Mamá Noel comenzó a vestir su propio traje. No se ajustó barba, ni tripa..., ni cargó un saco gigante lleno de juguetes sobre su espalda como para demostrar cuán fuerte era para su edad. Se miró al espejo... No estaba mal. Era mayor, pero su rostro reflejaba serenidad. Entonces, mirando a Papá Noel, se despidió:
-Es hora de marchar.
-Sí -dijo él.
-Volveré pronto -susurró ella- dándole un cariñoso beso en la mejilla.
-Te estaré esperando.
Así fue como Mamá Noel, repartió los regalos de Navidad, pero... ¡siempre hay un pero!, sólo algunas personas, las que esperaban el maravilloso acontecimiento de ver aparecer algún día a Mamá Noel, la vieron, y fueron muy dichosos. Llamaron a las agencias de noticias, y al día siguiente, la noticia que podía oírse y leerse en los noticiarios y en los periódicos, era: "Mamá Noel, repartió los juguetes de este año". "Mamá Noel, hizo las delicias de los niños". "El nuevo siglo nos ha traído a Mamá Noel".
Pero Mamá Noel no pensaba sólo en esto, aunque la hacía muy feliz, sino en cómo estaría Papá Noel recuperándose de su gripe.
Cuando llegó a su casa de Laponia -y no os cuento cuán cansados estaban los renos y Mamá Noel- se encontró a Papá Noel cantando y amasando pastelillos en la cocina.
-Hola cielo -dijo ella.
-Hola, mi amor -contestó él.
Era la primera vez que Papá Noel cocinaba. Además, había lavado la ropa y ordenado la casa.
Juntos leyeron las noticias de los periódicos, y de todas ellas, la que más les gustó, fue una que decía: "El año que viene, las niñas y niños del mundo, podrán escribir -indistintamente- a Mamá y a Papá Noel".
¡Lo habían conseguido entre todos! Los cambios en las personas y en las vidas, son así... Primero un deseo, un sueño, una posibilidad; luego, una realidad, y cuando esto sucede... ¡Qué maravilloso el aire de fraternidad que respiran las personas, y qué maravillosa la luz que parece irradiar en el mundo!
¡Claro que este cuento, aún no ha terminado! Falta que las niñas y niños del mundo se sumen... y el año que viene se reciban en Laponia, miles de cartas para Mamá y Papá Noel.
UN SUEÑO DE NAVIDAD
por: Guillermo Tribín Piedrahita
La noche tenía un Cielo brillante. Las estrellas habían salido en alegres grupos para iluminarlo y advertir y precisar ante los habitantes de la tierra que era la víspera de la Navidad, por lo que nadie podía tener amarguras, ni peleas, ni guerras. Se acercaba el Nacimiento de Jesús, la mejor noticia que el Mundo iba a recibir por los siglos de los siglos.
Era, en cierta forma, el mensaje de paz que la Madre Naturaleza lanzaba, en una estación invernal, a un mundo convulsionado por las guerras, por los espíritus belicosos, por los hombres que habían olvidado que muy jóvenes, desde su nacimiento, habían creado un núcleo denominado Familia, que con el paso de los años se estaba desintegrando, con lo cual los grandes valores morales y éticos, dolorosamente, se escabullían.
También ese Cielo tan preciosamente iluminado quería despertar la conciencia de tántos y tántos jóvenes -hombres y mujeres- sumidos en la más tremenda oscuridad porque una vez, pese a las numerosas advertencias, ingresaron en el mundo de las drogas. Y a muchísimos les costaba salir luego de ellas. Y, generalmente, pasaban a convertirse en delincuentes porque su adicción les obligaba a matar o a robar.
El Cielo quería con esa luminosidad indicar el camino para quienes son causantes de las grandes epidemias que, como el Sida, van extendiéndose por el mundo, y señalarles que, con mínimas precauciones, podían evitar su propagación y no seguir siendo la causa de miles y miles de muertes.
Quería también el Cielo, rodeado de estrellas que se mantenían firmes y no eran fugaces, dar una luz de esperanza para millones de personas víctimas del racismo y la xenofobia, por el color de su piel, por su procedencia, por su condición ecónomica débil, para que tuvieran un hálito de paz y pensaran que un día no muy lejano serían bien recibidos y desaparecerían todas las persecuciones, los malos y despectivos tratos, las mofas y podrían trabajar y establecerse en países que no eran los suyos para ayudar a crear riquezas y poder subsistir decorosamente.
La víspera del Nacimiento del Niño Dios, un Cielo tan resplandeciente, pretendía indicar que todas las religiones eran igualmente respetables y que en nombre de ninguna de ellas se podía incitar al crimen, al terrorismo, a la violencia porque, precisamente Dios, creó al mundo para que la gente se entendiese mediante la palabra.
Desde miles de kilómetros de distancia, el Cielo ofrecía a la vista un hermoso panorama, como queriendo decir que iban a desaparecer las desigualdades sociales; que los hombres y mujeres de buena voluntad contarían con los recursos indispensables para su supervivencia y que la pobreza y la miseria pasarían a ser elementos de un lejano pasado. Así se conseguiría que la felicidad fuera la norma general , que ya nadie pasaría hambre, que todos contarían con una vivienda digna, con eficientes sistemas de salud y de educación, sin prejuicios sociales ni discriminaciones.
En fin, ese conglomerado de estrellas no se había asomado al Cielo para darle un simple colorido. No. En cada uno de sus reflejos luminosos traía un mensaje específico para que se acabaran las guerras; para que la familia volviera a ser ese gran núcleo compacto donde predominase el diálogo, como símbolo de unidad; para que desapareciesen las pandemias, causantes de tántas muertes; para que no hubiese nunca más las drogas malignas y se eliminaran para siempre las redes de narcotraficantes; para que el blanco, el negro, el amarillo y todas las razas convivieran pacíficamente ayudándose unas a otras; para que todas las religiones se uniesen en un sólo objetivo de ser auténticas guías espirituales y, en su nombre, no volviesen a aparecer vientos bélicos; para que en todo el mundo las divergencias, las diferencias entre los seres humanos encontraran la solución mediante el diálogo.
Todo esto lo soñé con una extrema felicidad, con el orgullo de pertenecer a una raza humana que había encontrado, sin vacilaciones, por fin, el camino amplio de la confraternización; el Cielo parecía decirme: "goza bien de esta noche, que a lo mejor nunca se repetirá. Pero cuando despiertes trata de convertirte en una readalid de las buenas y nobles causas. Debes formar causa común con tu familia, con tus amigos, para que todos, como una sóla persona, procuren hacer el bien".
Pero, desafortunadamente todo era un sueño. Tuve que despertar y encontrarme con la realidad, con esa cruda realidad, que muchas veces, con gesto dolorido, remueve las entrañas ante tántos hechos dolorosos, tristes, injustos y amargos que se viven a diario Durante la noche la lluvia y la nieve se habían entremezclado y el Cielo había estado permanentemente a oscuras. Mi mente había ideado un mundo digno. Un mundo construido para el ser humano. Un mundo, sin embargo, destruido por el propio ser humano, debido a su egoísmo, a no saber alejar de su corazón las malas obras y la cizaña y por tener abierta su mente y su pensamiento para el mal cerrándole todas sus puertas al bien.
Los Renos de Santa Claus

Francisco Moreno Mejías.
PA-DIGITAL
Era diciembre. Ya había pasado el día de las madres y la mamá de Vicky, preciosa niña de cinco años, llamó a la fábrica y le dijo a su esposo que le mandara al chofer para que adornara la fachada del chalé. Éste trajo una escalera grande, la apoyó sobre la pared y empezó a colocar luces y serpentinas que le iba dando una de las empleadas. La señora ponía bajo el árbol de Navidad regalos y más regalos envueltos en papeles brillantes. Vicky la ayudaba enganchando en el árbol cintas doradas y bolas de colores.
La señora mandó abrir los enormes ventanales del recibidor para que entrara la brisa navideña y el chofer y la empleada podían oír desde fuera el siguiente diálogo:
—Mami: Hoy salió en la televisión la Primera Dama llevándoles juguetes a unos niños pobres que viven en unas casitas hechas de latas y cartones. ¿Es que a los niños pobres no les lleva juguetes Santa Claus?
—Hay muchos niños pobres que no reciben regalos de Santa Claus.
—¿Y por qué?
—Pues porque en el mundo viven muchísimos niños y Santa Claus a veces no tiene juguetes para todos.
—¿Y cómo puede ser Santa Claus tan malo? Porque si no tiene suficientes juguetes para todos los niños del mundo, mejor sería que empezara por los niños pobres y, si luego no le alcanza para los niños ricos, pues no importa, porque sus papás podrán comprárselos.
—No, cariño. Santa Claus no es malo. Hace muchos años él quiso hacer eso mismo que tú dices, pero cuando llegó a las barriadas de los niños pobres, sus papás, como tenían hambre y no podían comprar ni jamón ni pavo, se comieron los renos. Cada vez que Santa Claus empezaba a repartir sus juguetes por esas barriadas brujas, tenía luego que alquilar un camión para seguir repartiendo, porque los renos acababan en las ollas de los pobres. Como tú comprenderás, no quiso arriesgarse más y por eso no volvió a visitarlos.
—Mami, entonces Santa Claus no es malo. Malos son los pobres, que no agradecen lo que se les da.
—¡Exactamente!
El chofer bajó de la escalera a buscar una tira de luces intermitentes para sujetarla en el alero. Se inclinó hacia la empleada y le dijo en voz baja:
—Como sigan educando así a los niños, este país se va al carajo.
Suplemento Día D
20 de diciembre de 2009
La señora mandó abrir los enormes ventanales del recibidor para que entrara la brisa navideña y el chofer y la empleada podían oír desde fuera el siguiente diálogo:
—Mami: Hoy salió en la televisión la Primera Dama llevándoles juguetes a unos niños pobres que viven en unas casitas hechas de latas y cartones. ¿Es que a los niños pobres no les lleva juguetes Santa Claus?
—Hay muchos niños pobres que no reciben regalos de Santa Claus.
—¿Y por qué?
—Pues porque en el mundo viven muchísimos niños y Santa Claus a veces no tiene juguetes para todos.
—¿Y cómo puede ser Santa Claus tan malo? Porque si no tiene suficientes juguetes para todos los niños del mundo, mejor sería que empezara por los niños pobres y, si luego no le alcanza para los niños ricos, pues no importa, porque sus papás podrán comprárselos.
—No, cariño. Santa Claus no es malo. Hace muchos años él quiso hacer eso mismo que tú dices, pero cuando llegó a las barriadas de los niños pobres, sus papás, como tenían hambre y no podían comprar ni jamón ni pavo, se comieron los renos. Cada vez que Santa Claus empezaba a repartir sus juguetes por esas barriadas brujas, tenía luego que alquilar un camión para seguir repartiendo, porque los renos acababan en las ollas de los pobres. Como tú comprenderás, no quiso arriesgarse más y por eso no volvió a visitarlos.
—Mami, entonces Santa Claus no es malo. Malos son los pobres, que no agradecen lo que se les da.
—¡Exactamente!
El chofer bajó de la escalera a buscar una tira de luces intermitentes para sujetarla en el alero. Se inclinó hacia la empleada y le dijo en voz baja:
—Como sigan educando así a los niños, este país se va al carajo.
20 de diciembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

























