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Muchas historias, una Navidad

¿Cuál es el origen de nuestras tradiciones navideñas? Para “recuperar el sentido cristiano de estas fechas” -como pide el Prelado en su carta-, puede ser útil conocer el origen de costumbres como el árbol o el belén.






La corona de Adviento

La corona de adviento está compuesta por cuatro velas con ramas vegetales, que se van encendiendo, una a una, en las cuatro semanas que preceden a la Navidad.

La corona de adviento encuentra sus raíces en las costumbres precristianas de los pueblos del norte, entre los siglos IV y VI. Durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera.






En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes comenzaron a utilizar este símbolo durante el Adviento: aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la Verdad suprema: Jesús es la Luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.


La corona está llena de símbolos: la luz recuerda la salvación; el verde, la vida; su forma redonda, la eternidad, etc.



La fecha: el 25 de diciembre

En un primer momento, durante los siglos I y II después de Cristo, los cristianos no celebraban el nacimiento de Jesús. Se sabía cuándo había muerto, en la Pascua Judía, pero no cuándo había nacido. Sin embargo, en el siglo III existen los primeros testimonios de que la fiesta del Nacimiento de Cristo era celebrado por la Iglesia, todavía clandestina, el día 25 de diciembre.






Como en otros casos, los primeros cristianos aprovecharon festividades paganas para celebrar su fe. En el caso de la Navidad, en torno al 25 de diciembre las civilizaciones precristianas celebraban el solsticio de invierno, en la que la luz volvía de nuevo y se acababan las tinieblas. Aunque es una época de frío y de noches largas, se sabe que la vida vuelve de nuevo a empezar.


Por su parte, los romanos celebraban del 17 al 24 de diciembre las Saturnalia, unas fiestas dedicadas al dios Saturno. En la época imperial, a partir de los siglos I y II, se instauró el 25 de diciembre como el día del nacimiento del “Sol invicto”, divinidad que estaba representada por un recién nacido. Era un día de fiesta, nadie trabajaba, incluso los esclavos tenían fiesta.


Pronto, la ya gran comunidad de cristianos romana -que aún vivían en clandestinidad- aprovechó esa fecha tan celebrada en la sociedad romana para celebrar el nacimiento de Jesús, del que no conocían la fecha.


La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. Tras las persecuciones de Diocleciano, en 354, se fijó oficialmente la fecha del Nacimiento de Cristo. En el siglo V puede considerarse que la Navidad era una fiesta universal, ya que por entonces la Iglesia no estaba dividida.


También los pueblos del Norte de Europa celebraban una serie de fiestas en torno al solsticio, en honor a dioses como Thor, Odin o Yule, razón por la que a los evangelizadores no les costó adaptar las fiestas paganas a la Navidad.



Misa del Gallo



En el siglo V, el Papa Sixto III introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna, a medianoche, “mox ut gallus cantaverit” (“en cuanto canta el gallo”). La misa tenía lugar en un pequeño oratorio, llamado “ad praesepium” (“junto el pesebre”), situado detrás del altar mayor de la Basílica paleocristiana de San Pedro.


La celebración Eucarística de esta Noche Santa, comienza con una invitación instante y urgente a la alegría: “Alegrémonos todos en el Señor –dicen los textos de la liturgia-, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo”. El tiempo litúrgico de Navidad se prolonga hasta el domingo del Bautismo del Señor, el domingo que sigue al día de la Epifanía.


Los belenes



Un belén es la representación doméstica del misterio de la Natividad de Jesús. La costumbre surgió cuando en la Navidad de 1223, en Italia, San Francisco de Asís participó en la Misa dentro de una cueva en la localidad de Greccio. En ella, tras haber pedido permiso al Papa Honorio III, había instalado un pesebre con una imagen en piedra del Niño Jesús y un buey y un asno vivos.


Esta representación de Greccio fue el punto de partida de un fenómeno extraordinario de difusión del culto de la Natividad. Desde el mismo siglo XIII, la elaboración de belenes se difundió por Italia. Los frailes franciscanos imitaron a su fundador en las iglesias de los conventos abiertos en Europa. Esta costumbre se propagó por toda Europa durante los siglos XIV y XV.


En la actualidad, el belenismo tiene un gran éxito principalmente en Italia, España e Hispanoamérica. En Francia, tras la Revolución Francesa en que fueron prohibidas las manifestaciones navideñas, en la zona de Provenza surgieron con mucha fuerza. Incluso las comunidades protestantes, aunque no hagan belenes en las casas, sí conservan la tradición de representar “belenes vivientes”, con niños.


El árbol de Navidad

Es otra tradición precristiana que ha adquirido un significado profundamente cristiano. Muchas tradiciones, todas de procedencia nórdica, reclaman la costumbre del árbol de Navidad, aunque ninguna es fiable, por lo que su origen se pierde en la noche de los tiempos.


Los antiguos pobladores de Centroeuropa y Escandinavia consideraban a los árboles seres sagrados. Así, en la época del solsticio de invierno, adornaban el árbol más alto y poderoso del bosque con luces y con frutos (manzanas, por ejemplo), creyendo que sus raíces llegaban al reino de los dioses, donde se encontraban Thor y Odin.




Según la tradición, el cristianismo dio una lectura más profunda a esta costumbre. Se cuenta que San Bonifacio -un sacerdote inglés que evangelizó Centroeuropa entre los siglos VII y VIII- explicaba el misterio de la Trinidad con la forma triangular del abeto: los frutos serían los dones del Espíritu Santo (los regalos de Dios a los hombres); la estrella sería Cristo, la luz de Dios, la luz del mundo; y el tronco, es fácilmente asimilable a la tradición cristiana, que utiliza también muchos árboles en su catequesis: el árbol del Paraíso, de la Ciencia del Bien y del Mal, el árbol de Jesé, el santo madero del que se hizo la cruz…


A partir del siglo XV los fieles comienzan a instalar los árboles en sus casas. Con la reforma protestante –que suprime las tradiciones del belén y de san Nicolás-, el árbol adquiere más protagonismo en muchos países del norte. A sus pies los niños encuentran los regalos que traía el Niño Jesús.


El éxito arrollador del árbol en el mundo anglosajón se debe a la reina Victoria, quien instaló uno en el palacio real en 1830 y extendió la costumbre por todo el reino. En 1848 incluso llegó a felicitar las navidades con una imagen de la familia real ante el árbol, lo que contribuyó a su difusión también por EEUU.


La difusión del árbol en el mundo protestante hizo que en los países católicos, especialmente del sur de Europa, se diera menos importancia a esa tradición. Más recientemente, con dos pontífices centroeuropeos la costumbre del árbol de Navidad ha recuperado su importancia.


En 1982 se instaló por primera vez un árbol en la Plaza de san Pedro: “Que significa este árbol? –preguntaba Juan Pablo II–. Yo creo que es el símbolo del árbol de la vida, aquel árbol del que se habla en el libro del Génesis y que ha sido plantado en la tierra de la humanidad junto a Cristo (...). Después, en el momento que Cristo vino al mundo, el árbol de la vida fue vuelto a plantar a través de El, y ahora crece con El y madura en la cruz (...). Debo decirles – confesaba – que yo personalmente, a pesar de tener unos cuantos años, espero impacientemente la llegada de la Navidad momento en el cual, es traído a mis habitaciones este pequeño árbol. Todo ello lleva un enorme significado que trasciende las edades…”.


Los regalos



La relación Navidad-regalo es muy antigua. Desde el inicio, un regalo en estas fechas ha sido un modo de transmitir de modo material a las personas queridas la propia alegría por el nacimiento del hijo de Dios.

Hasta el siglo XIX, no se generalizó la idea, naciendo de las clases medias, de la burguesía. Reyes Magos, Niño Jesús, Santa Claus o Papá Noel, Befana, Olentzero, Caga Tiò… son personajes que, en las fechas de Navidad, traen regalos a los niños. Pero muchos de estos personajes tienen una larga historia. Contaremos dos:

Reyes Magos

La importancia de los Reyes Magos es principalmente religiosa: ellos son los protagonistas de la Epifanía, es decir, de la manifestación de Dios a todos los hombres, de todos los pueblos de la tierra.


Ya habían sido anunciados en el Antiguo Testamento (el libro de los Reyes e Isaías) y san Mateo los describe como “magos de Oriente”. Que fuesen tres y reyes, es una tradición que consolidó rápidamente, como demuestra Orígenes, teólogo del siglo II. Probablemente se trataba de sacerdotes de Babilonia, del culto de Zoroastro, dedicados a la astrología.




En el siglo V, León Magno fija en tres el número de reyes, representando así las tres razas humanas: la semítica, representada por el rey joven; la camítica, representada por el rey negro; y la jafética, representada por el rey más anciano. En el siglo XV, con el descubrimiento de nuevas tierras, adquieren sus rasgos definitivos.


A lo largo de la historia han recibido nombres como Magalath, Galgalath y Serakin; Appellicon, Amerin y Damascón; o Ator, Sater y Paratoras. Los nombres Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen por primera vez en un pergamino del siglo VII.


Los restos de los reyes magos, tras ser encontrados por Santa Elena en Saba, vivieron un agitado traslado por toda Europa, hasta que reposaron finalmente en la catedral de Colonia.


Papá Noel




San Nicolás fue un obispo cristiano que vivió en la actual Turquía en el siglo IV. Aunque realizó muchos milagros, el más conocido relata que dio la vida a tres niños que habían sido descuartizados por un carnicero y había introducido sus restos en unos sacos. Por eso, su figura ha estado siempre unida a los niños. Su devoción ha pervivido tanto en la Iglesia católica como en la ortodoxa. Pronto, se asoció el santo a los regalos que los niños recibían por Navidad.


La imagen actual es una mezcla del Sinterklaas holandés y tradiciones escandinavas que habían llegado a EEUU. Su origen se remonta a una noche de 1822, cuando el pastor protestante Clément C. Moore creó el personaje de Santa Claus. El 24 de diciembre, al caer la tarde, su esposa comprobó que le faltaban algunas cosas para la cena y pidió a su marido que fuese a comprarlas. A su regreso, Clement se entretuvo un rato con el guarda Jan Duychinck: un holandés gordo y efusivo, con ganas de contar las tradiciones navideñas de su tierra, en particular las costumbres relacionadas con Sinterklaas (Santa Claus).


Ya en casa, el Dr. Moore mientras la mujer preparaba la cena, redactó un poema para sus tres hijas contando la visita que le había hecho San Nicolás. La figura que describió era la misma de Duychinck: un sujeto cordial, gordo, de ojos chispeantes, nariz roja y mejillas sonrosadas, que llevaba pipa y decía “ho, ho, ho”. Aunque el personaje se llamaba San Nicolás, no tenía nada del obispo.


(*) Artículo escrito por M. Narbona, Dr. en Historia.





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